Montevideo fue escenario ayer de una nueva edición de la marcha por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En el marco de esta jornada de lucha, la Secretaría de Género, Equidad y Diversidad del PIT-CNT convocó a las compañeras a confluir en una movilización que, bajo el lema «Acción feminista antiimperialista. Por la soberanía de los pueblos. ¡No pasarán!», buscó conectar las reivindicaciones históricas del movimiento obrero con las urgencias del presente y la solidaridad internacional.

La tarde del domingo en la capital, desafiando un viento intenso que parecía querer poner a prueba la convocatoria, miles de mujeres y
disidencias se convirtieron en una marea violeta que tiñó el Centro de la ciudad. Como bien se consignó en varios medios de prensa desde la misma noche del domingo, «si hay algo que sabemos las feministas, históricamente, es luchar contra viento y marea». Y así fue: desde la
Plaza Independencia, pasando por la avenida 18 de Julio hasta la explanada de la Universidad de la República, la consigna fue clara: no
hay libertad sin justicia social, y no hay justicia social sin soberanía.
LA PROCLAMA DEL MOVIMIENTO OBRERO ORGANIZADO
En ese contexto, la Secretaría de Género Equidad y Diversidad del PIT-CNT hizo oír su voz con una proclama que situó la lucha de las mujeres y diversidades trabajadoras en el centro del debate político y económico. El documento, leído en el acto central, fue un llamado a no separar la agenda de género de la lucha de clases y a revisar las propias prácticas del movimiento sindical.
Desde sus primeras líneas, el texto estableció un diagnóstico de época, señalando que se vive «un tiempo de disputas profundas. Se disputan sentidos, derechos, y el rumbo de nuestras sociedades. Nada está asegurado. Y da la sensación de que lo conquistado siempre puede retroceder si no lo defendemos».
Esta advertencia inicial situó la movilización no como un acto celebratorio automático, sino como una herramienta de defensa activa de derechos. La proclama fue contundente al definir el carácter de su feminismo. En un fragmento las oradoras expresaron: «Afirmamos con claridad: nuestro feminismo es de clase, antirracista, anticapitalista y antiimperialista. Antiimperialista porque rechazamos toda forma de dominación que someta a los pueblos a intereses ajenos, vulnerando su soberanía y su derecho a decidir su propio destino».

Esta declaración no fue una mera expresión retórica, sino que se articuló con una mirada crítica sobre el modelo de desarrollo. El texto denunció que «la desigualdad que vivimos no es un accidente. Es consecuencia de un modelo que organiza la economía en función de la acumulación y no de la vida».
En esa línea, las trabajadoras organizadas alzaron su voz contra la depredación de los bienes naturales, exigiendo «un mar libre de petróleo, queremos agua dulce para la población y no para alimentar automóviles de Europa, queremos que nuestros territorios cuenten con diversos cultivos, no sólo para la forestación, queremos construir un país, no comercializarlo».
LA LUCHA EN LOS TERRITORIOS Y EN LA VIDA DE LAS MUJERES
La mirada de la proclama se centró también sobre las violencias concretas que atraviesan la vida de las mujeres. No solo la violencia
machista en sus formas más explícitas, sino también la violencia económica y la que se ejerce sobre los territorios. Las trabajadoras
denunciaron que «la colonización ha perpetrado la desigualdad, ha vulnerado nuestros derechos y ha utilizado nuestra necesidad en pro de la producción; han instalado en nuestro sistema político la dependencia de la inversión extranjera, rifando el futuro de nuestro país a
deseos de los extranjeros».
En este punto, la proclama conectó con la realidad que otras organizaciones, como las de la Intersocial Feminista, también pusieron sobre
la mesa: la necesidad de un Estado presente. Pero el sindicalismo fue más allá al vincularlo con la historia profunda del país, reivindicando
«el reconocimiento de la existencia precolombina de nuestros ancestros indígenas» y exigiendo participación real en las decisiones sobre los territorios.
«Nuestra dignidad no está en venta», sentenciaron.
TRABAJO, CUIDADOS Y DESIGUALDAD ESTRUCTURAL
Un eje central del documento fue el análisis del mundo laboral y la organización social del cuidado. La proclama recordó que «durante
siglos, el sostenimiento cotidiano —criar, alimentar, acompañar, limpiar, cuidar— fue presentado como una responsabilidad y una
división del trabajo ‘natural’ , y no como una tarea imprescindible para que la sociedad funcione».
Esta división sexual y racial del trabajo, denunciaron, permitió que la economía formal se expandiera sin asumir el costo real de la
reproducción social. Hoy, esa sobrecarga persiste bajo la forma de «doble presencia» , impactando en los ingresos y las trayectorias laborales. Por eso, las trabajadoras sindicalizadas insistieron en que «discutir la distribución de la riqueza es central para nosotras. No se trata solo de igualdad de oportunidades. Se trata de cuestionar cómo se reparte lo que producimos colectivamente». En este sentido, apoyaron explícitamente la necesidad de que el 1% más rico contribuya más, como una definición política de justicia fiscal.
EL SINDICALISMO COMO ESPACIO DE TRANSFORMACIÓN
La proclama también miró hacia adentro del movimiento obrero, en un año particularmente significativo. Las trabajadoras recordaron que «en el mes de octubre, celebraremos los 60 años de la Unidad de la CNT, esta CNT que habitamos y construimos desde el primer día en que el feminismo de clase se fortalece y se construye» . Este aniversario fue presentado como un desafío para revisar las prácticas
internas, ya que «la participación de mujeres y diversidades ha crecido, pero la toma de decisiones aún refleja desigualdades persistentes».

Para abordar esta deuda, anunciaron la realización del Encuentro Nacional de Mujeres y Diversidades Sindicalistas, como «un espacio de
autoconstrucción política» para transversalizar la perspectiva de género en cada gremio. La agenda incluye «incorporar cláusulas de
cuidados en los convenios, promover licencias equitativas, garantizar protocolos frente al acoso y la violencia laboral, e impulsar la formación en igualdad: todo eso es acción sindical concreta».
UN FEMINISMO INTERNACIONALISTA Y CON MEMORIA
La mirada de las trabajadoras uruguayas se proyectó también más allá de las fronteras, en un ejercicio de solidaridad activa. La proclama
afirmó: «Nuestro compromiso es internacionalista. Nos solidarizamos con quienes resisten agresiones externas, con quienes defienden su territorio, con quienes sostienen la vida en medio de conflictos que no eligieron».
Rechazaron la neutralidad en contextos de dominación, alineándose con «la paz con justicia social, del lado de la autodeterminación de
nuestros pueblos».
La marcha dedicó un tramo de su recorrido en silencio para honrar a las mujeres desaparecidas en la dictadura. La proclama afirmó, en tal
sentido que: «Marchamos por quienes abrieron camino en contextos adversos. Marchamos por quienes hoy enfrentan la precarización. Marchamos por las generaciones que merecen un futuro sin discriminación ni violencia».

LOS DESAFÍOS PENDIENTES PARA SEGUIR CONSTRUYENDO
El documento reinvindicó la necesaria autonomía económica, condiciones laborales justas, políticas públicas con financiamiento, igualdad real, erradicación de todas las violencias, soberanía y democracia con participación popular.
El cierre fue un llamado a la acción colectiva: «Seguiremos construyendo en cada sindicato, en cada barrio y en cada espacio colectivo. Porque cuando las mujeres y las diversidades trabajadoras se organizan, amplían los límites de lo posible».
La apuesta es por una transformación profunda que ponga la vida, el trabajo digno y la soberanía en el centro. Y en ese camino, la organización sigue siendo la principal herramienta para avanzar.

Fotos: Yohana Altez



































































