“Integrarte a ATSS es sentirte representado, porque uno solo no hace nada, no logra nada, todos juntos hacemos mucho”.
A los 71 años y recién jubilada, Margot Ruiz, histórica militante y dirigente de ATSS repasa más de cuarenta años de trabajo y militancia: desde las reuniones clandestinas para fundar el sindicato en plena dictadura hasta las luchas actuales por la salud mental y el ingreso de nuevos funcionarios al BPS. Un recorrido por una vida que, nos cuenta, empezó con una máquina de escribir y tiene mucho por delante para narrar y compartir.

Ingresó al Banco de Previsión Social en julio de 1981. “Tenía poco más de veinte años, estudios de dactilógrafa y una carrera de Derecho que había comenzado”. No lo sabía entonces, pero acababa de poner un pie en lo que ella misma define, sin vueltas, como su “segunda casa”. Más de cuarenta años después, ya jubilada, ya escribana, ya con un lugar ganado entre las voces fundadoras de la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social, Margot repasa esa historia con la misma energía con la que, según cuenta, se metía en las asambleas a discutir con quien hiciera falta. Y que todas y todos aquí le conocemos y admiramos.
No es un repaso ordenado ni solemne. Es, más bien, una sucesión de escenas que se atropellan una detrás de otra: el llamado a concurso de 1981, las reuniones clandestinas de los sábados, el pancito dejado como protesta en la puerta de un director, la campaña por el Sí contra las AFAP, la Comisión Fiscal, los nietos de aquella generación de «las de los vaqueros» que hoy, según advierte, deberían tomar la posta.
Todo contado con el mismo tono: mitad orgullo, mitad advertencia de que ninguna conquista es, en realidad, definitiva. Su ingreso no fue casual ni sencillo. “Me presenté a un llamado abierto al que se anotaron cinco mil personas, de las cuales quedamos quinientas. Ya había trabajado tres años como becaria en UTE, donde llegué a ser encargada administrativa con diez personas a cargo. Por eso, para mí no era difícil entrar como administrativa y hacer el trabajo», cuenta. El primer día, en su primer destino en BPS, “Personal de Administración y Servicio”, a cargo de Benigna Balea, alguien preguntó quién sabía escribir bien a máquina. Nadie se ofreció”. Ella sí. «Sabía dactilografía, era uno de mis fuertes», explica, y así quedó, casi sin buscarlo, como su secretaria.
“Estudiaba Derecho, pero avanzaba poco: la facultad me quedaba lejos de UTE y el trabajo me absorbía”. La cercanía del BPS con la facultad terminó “ayudándome mucho para terminar la carrera, y así poder ejercer primero como procuradora y más tarde como abogada y escribana”. Durante buena parte de esos años, sin embargo, no hubo forma de traducir esos títulos en ascensos. «En la primera época no había promoción de ningún tipo, era solamente por contactos», recuerda. Compañeras que entraron sin estudiar nada permanecieron treinta años en el mismo escalafón, mientras que la carrera dependía casi por completo de a quién se conocía”. “Una herencia de la dictadura”, remata.
DE VAQUEROS, CHAMPIONES Y OLOR A TANGERINA
Margot describe el clima de aquellos primeros años de trabajo con una mezcla de orgullo y humor. Recuerda la resistencia natural hacia «las nuevas y los nuevos», pero también la construcción paciente de un lugar propio entre quienes, en ocasiones, al principio, los miraban de reojo. Nos cuenta una “pequeña historia” muy divertida, e ilustrativa de ese tiempo histórico que vivía el Uruguay. “Las funcionarias con más antigüedad y mejor posición económica llegaban de pollera, tacos altos, sacos de piel y perfumes importados. Las jóvenes, en cambio, llegábamos con championes, vaqueros, chaquetones», vestidas para trabajar.
“Y almorzábamos lo que llevábamos y de postre comíamos tangerinas o naranjas”, mientras algunas compañeras se quejaban del olor en la oficina. «Hacíamos oídos sordos a esos comentarios. Éramos dale y dale, siempre palo y palo, y eso era lo que nos llevó a que todo el mundo nos quisiera para trabajar», recuerda y redondea con una frase que funciona casi como resumen de época: «No nos importaba cómo veníamos a trabajar. Simplemente veníamos a trabajar.»
Esas diferencias dentro de la propia oficina terminaron, con el tiempo, cuando se impuso una medida igualadora: el uniforme. Fue, cuenta Margot, “una forma de terminar con la distancia entre las que llegaban con joyas y pieles y las que llegábamos, como yo, con lo puesto. Nos impusimos, y se impuso la igualdad», resume.
En ese contexto empezó también su acercamiento a la vida sindical, aunque todavía no existía un sindicato formal al cual sumarse. Fue el recordado compañero Juan Carlos Barrachina quien la invitó a participar en las primeras reuniones. Se rumoreaba que un grupo de funcionarios estaba pensando en organizarse. Corría 1982, en plena dictadura. “Era bravo, pero lo hacíamos”, rememora.
LAS PRIMERAS REUNIONES CLANDESTINAS EN PLENA DICTADURA
«Teníamos reuniones clandestinas», cuenta Margot, y lo dice sin dramatismo, casi como quien recuerda una costumbre de juventud. Los sábados y domingos, un grupo de compañeros jóvenes, entre ellos Barrachina, Alicia Báez e Irene Machado, se juntaba a tomar mate. En esos encuentros dialogaban y pensaban, sobre todo, en a quiénes podían sumar. “Cada uno de nosotros teníamos la tarea de acercar a alguien nuevo, de a poco, hasta reunir los compañeros suficientes para fundar el sindicato”. El contexto no era menor: en la oficina convivían con jefes que, según describe Margot sin eufemismos, «estaban de acuerdo con la dictadura», y el ingreso al organismo se resolvía muchas veces por contactos antes que por mérito.
Cuando finalmente llegó la fundación de nuestra organización sindical, en 1984, Margot ya formaba parte de ese núcleo. Recuerda el día como una jornada de pura emoción, sin miedo —»ya habíamos votado el No en el 80, ahí el miedo se había perdido» y con “alrededor de quinientas personas que nos fuimos reconociendo, muchas veces sin saber hasta ese momento que compartíamos las mismas convicciones. Era todo emoción, era todo reencuentro. Veías a compañeros que no sabías que estaban con vos», relata.
De ese grupo fundador, dos nombres aparecen sin dudar cuando se le pregunta por quiénes la marcaron como militante: Adolfo Bertoni y Aníbal Blanco, ambos presentes ya en aquellas reuniones clandestinas. Los describe como compañeros “que siempre tenían respuesta, que escuchaban y que trasladaban los reclamos”. Eso, al mismo tiempo, es lo que más valora todavía hoy de la vida sindical: “que alguien te escuche y que ese planteo llegue a algún lado”.
LOS HITOS QUE CAMBIARON LA VIDA DE LOS COMPAÑEROS
Consultada por momentos que marcaron esta historia de más de cuarenta años de vida del sindicato, Margot no duda en señalar que “ATSS nunca se limitó a la exclusiva tarea de la defensa salarial. Siempre estuvimos y estamos en lo social, siempre miramos por lo social», afirma, y a partir de ahí enumera una serie de conquistas que todavía hoy sostienen buena parte de la vida cotidiana de los funcionarios del BPS.
La primera que menciona es la creación de la Colonia de Vacaciones. La recuerda como un espacio donde desaparecían las diferencias: «No había chicos, grandes, medianos: éramos todos empuando para lo mismo.» Le sigue, en su relato, la creación del Hogar Estudiantil para los hijos de funcionarios del interior, una iniciativa que respondió a una necesidad muy concreta: los jóvenes del interior debían trasladarse a Montevideo para estudiar y necesitaban un lugar seguro donde alojarse. «El interior siempre está relegado, afirma, y para nosotros significó mucho poder darles un lugar donde estar bien cuidados.»
El tercer hito que destaca es la creación del Jardín Maternal, una conquista que describe como «importantísima para las compañeras que no tenían con quién dejar a sus hijos ni recursos para pagar un cuidado privado”. Ese logro estuvo entrelazado, recuerda, “con otra pelea salarial anterior, el pasaje de una jornada de seis a ocho horas, que permitió mejorar mucho los sueldos, en ese entonces muy mediocres, pero que también volvió indispensable contar con un lugar donde dejar a los niños durante la jornada extendida”.
A esos tres pilares, la Colonia, el Hogar Estudiantil y el Jardín Maternal, se suman, en su memoria, las sucesivas luchas salariales. Margot recuerda las “movilizaciones al quinto piso, los intentos de las autoridades de trancar el paso a las delegaciones sindicales, y la persistencia con la que igual lograban llegar”. Comparte un detalle muy particular: «siempre estuvo el Ministerio del Interior protegiendo a los directores, pero llegábamos igual, no teníamos problema en llegar», relata. De esas movilizaciones surgieron anécdotas que todavía la hacen reír, como “la ocurrencia de algunos compañeros de dejarle un pancito a los directores como forma de protesta. El resultado de esas presiones fue contundente: los salarios llegaron a duplicarse y, en algunos casos, a triplicarse”.
También ubica entre los hitos de estos años la integración de los jubilados y de los propios trabajadores en los ámbitos de decisión del BPS, que, “aunque consagrados los directores sociales en la Constitución desde 1967, nunca se los había elegido y el Directorio siempre estaba integrado exclusivamente por directores designados políticamente por los gobiernos de turno”. Y resalta, como otro mojón importante, la lucha de los jubilados de 1989, que describe “como el antecedente directo de reclamos posteriores para recuperar jubilaciones que habían sido rebajadas dramáticamente por la dictadura”.
LA BATALLA DE LAS AFAP Y LAS CAUSAS QUE SIGUEN VIGENTES
Este es un tema en el que Margot habla con particular energía, el de las AFAP. “Las resistimos desde el principio, desde que se crearon, en 1996”, convencida, junto al sindicato, “de que el nuevo régimen terminaría discriminando entre generaciones de trabajadores”. Ella, por haber ingresado al BPS a los 25 años, quedó fuera de ese sistema.
No fue el caso de muchos de sus compañeros, hoy protagonistas de un reclamo que sigue vigente: el de los llamados «cincuentones», “a quienes el régimen les quita una porción de su jubilación por haber sido, simplemente, más jóvenes en el momento de la reforma. Aportaron igual que nosotros y les quitan un diez por ciento. ¿Por qué? Por ser menores», resume, con indignación que no se va con el paso de los años.
De esa convicción nació su participación activa en la campaña por el Sí en el plebiscito contra las AFAP: salió a juntar firmas, compartió jornadas con militantes de otras organizaciones y recuerda esos días con cariño, más allá del resultado adverso. «Perdimos en el número, pero no importa, hay que seguir luchando. Las AFAP no tienen que existir», sostiene, y deja planteada la tarea para las generaciones que vienen: “hay que seguir dando pelea hasta que el sistema vuelva a un régimen de solidaridad. Con la seguridad social no se puede lucrar”, reafirma.
Ese mismo espíritu se tradujo para Margot, con los años, en la asunción de distintas responsabilidades orgánicas dentro del sindicato. “Fui delegada del primer piso del Edificio Nuevo”, un sector, recuerda, “donde no siempre era fácil entusiasmar a compañeros que estaban cómodos y no veían la necesidad de involucrarse”. Fue también a través de ese rol que se acercó definitivamente a la estructura sindical, al enterarse de que una elección interna se había trancado por falta de gente dispuesta a trabajar en ella. Se ofreció, la aceptaron, y “terminé integrando la Comisión Electoral, alrededor del año 2010”. Poco después llegó su última responsabilidad orgánica: la Comisión Fiscal, un espacio que reconoce haber disfrutado especialmente. «Controlar siempre me gustó. Soy controladora de alma en mi casa, en mi vida, y en ATSS me encantó», dice, y recuerda con afecto a Stella Gelpi, con quien integró ese equipo un tiempo importante.
A lo largo de esos años combinó, además, la actividad gremial con la asesoría legal a los compañeros, participando en comisiones de Estatutos y Reglamentos. Fue, nos cuenta, “una de las mujeres que tomaba la palabra en las asambleas”, incluso cuando los temas en debate rozaban su propia condición, como por ejemplo “discusiones que se producían sobre el supuesto privilegio de los profesionales dentro del organismo” y, cómo se encargaba de aclarar “no todos los profesionales habían nacido con las mismas ventajas”. Hija de un feriante y de una ama de casa, ella era una de cuatro hermanos que llegaron todos a estudiar, Margot sostiene que esa mezcla de lucha sindical y lucha personal fue, para ella, indisociable. «Mi madre decía que el estudio era la herencia que no podía dejar de darnos», recuerda, y esa frase parece haberla acompañado en cada asamblea en la que decidió pedir la palabra.
Siempre, en el sindicato, “me sentí plenamente escuchada y nunca recibí un trato distinto o discriminatorio por ser mujer. Acá no había eso de que, porque eras mujer, tenías menos valor. Te daban y te dan siempre el mismo valor que a cualquier compañero varón”. Ese sentimiento de respeto y pertenencia es, quizás, la clave de por qué define al sindicato, sin vacilar, “como mi segunda casa, a la que voy a pertenecer hasta el final”.
EL VALOR Y LOS DESAFÍOS DEL SINDICATO
Jubilada y con la distancia que dan los años, Margot no elude un diagnóstico incómodo. “La militancia, está más baja que antes. Me parece que, en parte, se debe a que muchas conquistas ya están naturalizadas entre trabajadores más jóvenes, que no vivieron el momento en que esos derechos no existían”. Y llegado a este punto, afirma, como para tenerlo siempre presente, que no hay que olvidar nunca que «no todo es para siempre. Puede venir un problema, una decisión de las autoridades, algo que nos quite derechos, como ya nos ha pasado. Y hay que seguir luchando, hay que seguir integrando esta herramienta, que es lo más importante que tenemos. Solos no somos nada», culmina.
Entre los desafíos actuales que identifica para el sindicato, el primero es la falta de ingreso de funcionarios efectivos. Recuerda que “en 1981 y 1982, en apenas dos concursos, ingresamos ochocientos trabajadores para reforzar el organismo; hoy, en cambio, el BPS recurre sobre todo a becarios que permanecen uno o dos años, se capacitan, y se van justo cuando empiezan a rendir”. Y, en concordancia con algo que hemos sostenido fuertemente desde ATSS, lamenta que «los entrenás y después los perdés, y hay gente muy valiosa». Reclama, en ese sentido, más concursos que permitan una carrera real dentro del organismo, en lugar de una rotación constante de personal transitorio.
El segundo desafío que menciona es la escasez crónica de insumos y de capacitación, un problema que dice haber visto repetirse a lo largo de toda su vida laboral. “Recuerdo que ya en los tiempos en que escribíamos en aquellas viejas máquinas Remington, o cuando se incorporaron las primeras computadoras, siempre eran escasa y las teníamos que compartir, muchas veces, una por sección, algo completamente insuficientes. Sacabas turno para usarlas», recuerda, casi con una sonrisa. “Eso sigue en la actualidad, por eso el sindicato reclama por la falta actual de impresoras e insumos básicos”. Reivindica, en cambio, las capacitaciones en informática y en trabajo en equipo que el sindicato impulsó en distintos momentos, y que a su juicio transformaron tareas antes repetitivas y desmotivantes.
El tercer eje en el que hace énfasis “pasa por lo social y en especial por la salud mental que hoy es hoy un problema que atraviesa a todos los funcionarios, y considero que es necesario un espacio dentro del propio BPS para atenderla”. Y aporta una idea más, casi a modo de propuesta para quienes vienen detrás. “Tenemos que pensar en la posibilidad de crear, algún día, un hogar de ancianos para quienes llegan solos a la vejez. Siempre estuvo en la mira, pero nunca se logró. A ver si estos muchachos nuevos hacen algo», desafía, con ese tono entre exigente y cálido con el que Margot se expresa a lo largo de toda la entrevista.
Llegado a este punto, hace un paréntesis para compartir una reflexión sobre el rol del sindicato en el presente y todo el esfuerzo desplegado en el plebiscito de la seguridad social de 2024. «Fue un esfuerzo excelente, propio de buenos luchadores. Nunca perdimos la esperanza, primero de llegar a las firmas y luego a los votos necesarios, no llegamos, pero permitimos que decidiera el pueblo, y no fueron pocos los que nos acompañaron, casi un millón de votos tuvo la papeleta blanca por el SI”, recuerda. «Y aunque el resultado no fue el esperado, la derrota en las urnas no cierra la discusión, porque la lucha por desmontar las AFAP y volver a un sistema de solidaridad”, sostiene, “sigue abierta, es una causa permanente”.
REFLEXIONES FINALES
Hacia el final de la entrevista, Margot nos deja un mensaje para “aquellas compañeras y aquellos compañeros que hoy no están afiliados”, que sienten al sindicato como algo ajeno. “Miren que integrar ATSS es sentirte representado, porque uno no solo no hace nada, no logra nada, todos juntos hacemos mucho”.
Recuerda que hoy, a diferencia de sus primeros años, “ya se acepta la afiliación de becarios y tercerizados”, ampliando una idea que para ella es central, y es que “el sindicato no defiende únicamente a quienes tienen un cargo efectivo, sino a toda la masa laboral que sostiene el funcionamiento del organismo, incluidos los funcionarios tercerizados que limpian, cuidan y acompañan la tarea diaria. No importa que no pertenezcan al BPS: pertenecen a nosotros», afirma sobre ellos, y reafirma la necesidad de “que se los proteja y se los integre cada vez más”.
Con sus jóvenes y siempre comprometidos 71 años, jubilada, sigue presente y activa en el accionar y en la creación cotidiana de la memoria colectiva del sindicato que ayudó a fundar en la clandestinidad de una dictadura, Margot cierra la entrevista con una frase que bien podría funcionar como legado, como enseñanza fundamental. “Hay que seguir dando la lucha, diariamente, sin creer nunca que ya está todo resuelto. Cuarenta años después de aquellas reuniones a espaldas del régimen militar, donde nos reuníamos con el mate como excusa y el miedo cada vez más lejano”, sigue sosteniendo la misma convicción con la que empezó: “sola, no se llega a ningún lado. Juntos, se consigue casi todo”.