De la dictadura a la lucha por la seguridad social: historias de ATSS contadas por dos de sus fundadores
Rodolfo Reino y Jaime Moner, dos históricos militantes y exdirigentes de nuestra Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social (ATSS), repasan cuatro décadas de organización sindical dentro del Banco de Previsión Social. Hoy jubilados, siguen militando desde el lugar que aportaron a construir.
Ambos nos cuentan que ATSS nació “entre volantes armados a escondidas, charlas compartidas en plena dictadura, casi clandestinas y una intuición muy simple: reconocer, en medio de la represión militar, quién era «buen compañero» y quién no. Esa intuición, cuentan Rodolfo y Jaime, “fue el cimiento de todo lo que vino después”.
Ambos ingresaron a trabajar en organismos que antecedieron al Banco de Previsión Social. Rodolfo en los seguros de enfermedad, Jaime en el área informática, ambos a comienzos de los años setenta, cuando esas reparticiones todavía funcionaban separadas por rubro: los seguros de enfermedad de los gráficos, de los metalúrgicos, de la madera, de la construcción, de la aguja, y así en infinidad de ramas de actividad. Cada colectivo de trabajadores tenía su propia caja, su propio reglamento y, en muchos casos, poco o ningún contacto entre sí.
Fue la propia dictadura la que, buscando concentrar poder económico y control, unificó esos organismos junto con Asignaciones Familiares y la Caja de Jubilaciones. Rodolfo recuerda que “ambas reparticiones, los seguros de enfermedad y Asignaciones Familiares, manejaban en aquel momento un potencial económico considerable y una infraestructura edilicia importante”. De esa fusión forzada, paradójicamente, saldrían beneficiados más tarde ATSS y el movimiento sindical. Locales que son del BPS y hoy están cedidos en comodato para fines muy nobles: el Hogar Estudiantil de ATSS, en la Avenida 8 de Octubre, que perteneció a Asignaciones Familiares, o la sede del PIT-CNT en la calle Jackson, que fue un local de los seguros de enfermedad.
Ambos señalan además una diferencia de origen que marcó el carácter de cada sector. En palabras de Rodolfo, “mientras que en Asignaciones Familiares y en los seguros de enfermedad el ingreso era por concurso, en el BPS propiamente dicho, el acceso a los puestos de trabajo tenía un componente mucho más discrecional”.
Esa diferencia de cultura institucional explicaría, en parte, por qué la organización sindical avanzó primero y con mayor fuerza en los sectores donde había una tradición de ingreso reglado y de mayor formación técnica.
LA LARGA NOCHE DICTATORIAL Y LA PREHISTORIA DE NUESTRO SINDICATO
Jaime y Rodolfo sitúan los primeros antecedentes de organización en pleno golpe de Estado de 1973. Recuerda Rodolfo que por entonces trabajaba junto a Nelson Pintos, hermano de una militante asesinada por la represión y también trabajador bancario jubilado. Armaban volantes que después salían a distribuir, muy cerca del Departamento 2 de Inteligencia, que funcionaba en la misma cuadra donde ellos se reunían.
Cuando la dictadura ocupó el organismo, los trabajadores hicieron lo propio desde adentro: se instalaron a trabajar allí, organizaron una suerte de comedor colectivo trayendo comida todos los días, y participaron activamente en la jornada del 9 de julio de 1973, subiendo por la Avenida 18 de Julio en la gran movilización popular contra el golpe. Rodolfo recuerda haberse concentrado con sus compañeros en Canelones y Maldonado antes de sumarse a la columna. «Fue un lugar muy jorobado el de 18 y Julio Herrera», recuerda sobre los incidentes de aquella tarde, en la que permaneció hasta que la represión arreció.
En esos primeros años el vínculo entre compañeros era, sobre todo, intuición y confianza construida en el día a día. Jaime lo describe con una imagen que resume el clima de la época: “supimos hacer guardia para que un compañero perseguido, que además vendía huevos de codorniz como changa, pudiera escapar por la ventana de un baño ante una inminente detención”. O el recuerdo, más doloroso, del día en que el padre de un trabajador del área informática, el maestro Julio Castro fue desaparecido por los militares en el medio del Plan Cóndor. Su hijo, también llamado Julio llegó y les contó a sus compañeros que habían encontrado la camioneta de su padre y no se sabía nada de él. Julio Castro hijo era, en ese momento, jefe del área informática donde trabajaba Jaime, y continuó allí hasta prácticamente el final de la dictadura, mientras que años después el propio nieto del desaparecido pasaría también por esas oficinas a visitarlo.
«Había que manejarse mucho con la intuición, construida en base a actitudes de buenos compañeros, y ahí empezaba la confianza», explica Jaime sobre aquellos vínculos primarios, tejidos “entre jóvenes de apenas veinte años que convivían con trabajadores bancarios de mayor trayectoria sindical, muchos de los cuales ya habían sido presos por su actividad gremial antes del golpe”, reafirma. Esa generación de trabajadores con experiencia previa, agrega, “fue determinante para formar política y sindicalmente a quienes entonces éramos los más jóvenes del grupo”.
De esos contactos surgieron, en plena dictadura las primeras reuniones que los dos definen como «la prehistoria» del sindicato, “encuentros informales en la Sociedad Española, donde participaban entrañables compañeros como Álvaro Lujambio, Mary Decia, Roque Villamil, «la Negra» Sosa y Blixen”, entre otros. «Yo me llevé una gran sorpresa», recuerda Jaime, «porque estaban todos compañeros que nosotros identificábamos como muy buenas personas». Reunirse con ellos, dice, fue «una experiencia increíble». Esa actividad, sin embargo, se cortó abruptamente a partir de 1975, cuando la represión hizo cada vez más difícil sostener cualquier tipo de contacto organizado, y el vínculo quedó reducido a lo que Jaime llama «una materia pendiente» que recién pudo retomarse con el correr de los años, especialmente desde el ámbito informático, donde la naturaleza técnica del trabajo permitía sostener un grupo más cerrado y menos expuesto.
UN ACTO DE SABOTAJE SILENCIOSO Y UNA JORNADA HISTÓRICA
Uno de los episodios más singulares del relato ocurre hacia fines de 1983, cuando distintos gremios convocaron a una jornada nacional de diez minutos de silencio en rechazo a la dictadura. El problema era cómo dar la señal de inicio dentro de un organismo público vigilado, sin exponer a nadie.
Jaime, que trabajaba en el área informática de ATYR junto a Gabriel Lagomarsino, cuenta cómo lo resolvieron: el equipo central de cómputos venía fallando desde hacía una semana. Junto a un compañero, decidieron aprovechar esa falla real para simular una nueva interrupción exactamente a la hora convocada. Prepararon los registros técnicos de manera que, ante una eventual revisión, todo indicara una avería genuina. «Nos guardamos un archivito y bueno, lo arreglamos todo con los horarios», relata. A las diez de la mañana el equipo «se detuvo», el personal se retiró de las cajas hacia el hall central del edificio y los trabajadores administrativos se pegaron contra las paredes: transcurrieron los diez minutos de silencio frente a la vista de todo el público que circulaba por la sede matriz de ATyR.
La dirección del organismo, encabezada por un militar de apellido Aristi, intentó identificar a los responsables llamando por teléfono para dar con quienes habían impulsado la medida. Pidió la lista de participantes; hubo compañeros que propusieron quemarla y otros que se opusieron, temiendo que eso agravara la represalia. Se abrió una investigación y llegaron técnicos enviados por la empresa Arnaldo Castro para revisar el equipo.
Finalmente, esos mismos técnicos certificaron que la falla había sido real, los registros preparados de antemano, colocados a propósito «en el lugar preciso», cumplieron su función, pero igualmente veinticinco trabajadores quedaron separados de sus cargos, sin cobrar sueldo alguno. Ese castigo, lejos de desmovilizar, aceleró el proceso organizativo: compañeros de distintos sectores, entre ellos los de ATYR, comenzaron a reunirse en la Cooperativa Bancaria y en otros locales, mientras el naciente núcleo sindical, que ya venía sesionando en el CEPRODA, multiplicaba sus contactos y aceleraba la necesidad de una unificación real entre los distintos colectivos.
EL 24 DE MAYO DE 1984: LA FUNDACIÓN DE ATSS
La confluencia de esos núcleos, Informática, BPS, Salud, Asignaciones Familiares, desembocó en la primera gran convocatoria para fundar el sindicato, realizada el 24 de mayo de 1984 en el local de ASU, lo que fue “un acto multitudinario: cerca de trescientas personas colmaron el lugar, más que una proclamación, una fundación», en palabras de Rodolfo.
El desafío inmediato fue territorial. Montevideo había tenido, según explica Jaime, una mayor actividad militante y había sido golpeada con particular dureza por la dictadura, lo que generó más referentes reconocibles a nivel local. El interior, en cambio, presentaba un panorama distinto: allí predominaba sobre todo el formato de las cajas de jubilaciones, con trabajadores que, salvo excepciones, como el caso de un compañero de Río Negro que ofició de nexo temprano, tenían mucha menos tradición de militancia organizada. «Nos costó bastante, no fue tan sencillo», reconoce Jaime sobre el trabajo de extender la red sindical fuera de la capital, un proceso que avanzó por referencias personales, de boca en boca, antes de poder consolidarse en una estructura nacional.
Para salvar esa brecha se conformó la llamada «coordinadora», un organismo de base paralelo a la directiva provisoria, integrado por uno o dos delegados de los núcleos más representativos y militantes: Informática, Salud, ATYR, el Edificio Sede, el CEPRODA—, que permitió ir tejiendo la red que luego cristalizaría en la Asamblea de Delegados prevista en el nuevo estatuto. Rodolfo la compara con un antecedente parecido a lo que hoy sería una Cámara de Representantes: “una instancia de representación proporcional, donde cada cierta cantidad de afiliados correspondía un delegado, distinta de la directiva propiamente dicha, que funcionaba más bien como órgano político de dirección, conformado con criterios de confianza y afinidad partidaria”.
La redacción del estatuto fue en sí misma un hito organizativo: durante al menos dos jornadas de trabajo en talleres, “cientos de delegados de todo el país discutieron artículo por artículo el texto fundacional”, en una convocatoria que, recuerdan ambos, terminó superando en número a la propia Asamblea de Delegados que después quedaría instituida. «Nos asombró la cantidad de compañeros que habían venido. Era impresionante», recuerda Jaime. «Había una gran avidez de democratizar la sociedad a través de lo que estábamos haciendo nosotros.» A ese proceso se sumaron, además, varios de los veinticinco compañeros destituidos por la jornada de silencio de ATYR, cuya experiencia y contactos resultaron un aporte clave para la etapa final de construcción del estatuto.
El local propio llegó recién hacia 1985, cuando el sindicato heredó la sede de AEIJA (la vieja Asociación de Empleados de Industria, Jubilaciones y Afines), un edificio que hasta entonces permanecía cerrado y en estado de casi total abandono, con un sereno, “un veterano de la Caja de Jubilaciones”, viviendo en el fondo del predio junto a una pequeña cocina, con un bar y billar que funcionaba en la planta baja, en el mismo espacio donde hoy se reúne la Asamblea de Delegados. Rodolfo recuerda las dificultades para negociar con el propio sereno la ocupación gradual del espacio, mientras se iba adecuando la parte delantera del edificio para el funcionamiento precario de la naciente directiva. La regularización jurídica de esa propiedad a favor de ATSS se completaría recién en 1994, cuando se realizó el traspaso legal de la personalidad jurídica de AEIJA al sindicato, para evitar que el patrimonio se perdiera con el paso del tiempo y el fallecimiento de los afiliados originales de aquella asociación.
SALARIOS, CONCURSOS Y UNA BATALLA CONTRA LA PRIVATIZACIÓN DE DATOS
El siguiente gran capítulo de la historia sindical que reconstruyen Rodolfo y Jaime es el de las conquistas laborales, que fueron transformando radicalmente las condiciones de un colectivo que, según recuerda Rodolfo con una comparación elocuente, “ganaba en los años ochenta apenas una cuarta parte de lo que percibía en un empleo privado en la misma época, alrededor de trescientos dólares mensuales en el organismo público, frente a mil doscientos que ganaba trabajando en Coca-Cola”, a lo que se sumaba la necesidad constante de hacer horas extra para completar un ingreso digno, una práctica generalizada en todo el BPS de la época.
Recuerda además que, durante buena parte de esos años, el organismo no era reconocido como un ente autónomo con peso económico propio, a diferencia de entidades como Antel, ANCAP o los bancos estatales. El BPS y sus trabajadores quedaban encuadrados dentro de COFE, la central que nucleaba a los funcionarios del Estado, en una categoría salarial que compartía con sectores tan postergados como la salud pública, entre los peores pagos del sector estatal.
Para revertir esa situación, el sindicato desarrolló una estrategia de negociación permanente con los sucesivos directorios del organismo, más allá de su signo político. «Éramos un sindicato que teníamos una buena relación con los directorios», explica Rodolfo, recordando que prácticamente todos los presidentes del BPS, con la excepción de alguno particularmente reacio, mantuvieron canales de diálogo abierto con la organización, independientemente del partido político del que ellos formaban parte.
La primera gran conquista lograda, sostienen con fuerza ambos, “fue el llamado Fondo de participación, surgido en la negociación con el directorio presidido por Rodolfo Saldain a mediados de los años noventa. Ese fondo, “que llegó a representar hasta tres o cuatro sueldos adicionales cobrados exclusivamente en enero, calculado sobre la recaudación de multas y recargos del organismo nació como moneda de cambio implícita frente a un plan de reestructuración informática que el sindicato resistía con fuerza: la contratación de la empresa Sonda, radicada en Chile, para tercerizar el sistema informático del organismo como parte de un paquete más amplio de reforma organizacional y presupuestal”, recuerda Rodolfo.
“La resistencia de los trabajadores a la empresa Sonda no era corporativismo informático”, enfatiza Rodolfo. El temor de fondo, que sigue vigente hasta hoy según su lectura, era que “una empresa privada se apropiara del control de la base de datos del BPS, que entonces contenía información de más de 800.000 personas entre activos, pasivos y niños beneficiarios, prácticamente toda la información socioeconómica del país concentrada en un solo lugar”, sostiene con fuerza. El sindicato llevó el planteo hasta el Parlamento y también lo discutió directamente con el propio directorio, y logró que un grupo de sus propios afiliados, programadores e ingenieros del CEPRODA viajaran a Chile a evaluar la propuesta técnica y regresaran convencidos de que el desarrollo podía hacerse con recursos propios del organismo. «Ahí cambió totalmente la ecuación», resume Jaime. La contratación de Sonda finalmente no se concretó, aunque, según recuerda Rodolfo, “la votación en el directorio se definió por apenas un voto de diferencia” y esos mismos trabajadores pasaron a liderar el desarrollo informático interno del BPS, germen del actual CEPRODA tal como se conoce hoy.
Los concursos para acceder a cargos de jefatura, implementados en 1997 en el Parque Hotel bajo la presidencia del compañero Adolfo Bertoni, fueron otra conquista central. «Veníamos desde un montón de años que no se concursaba. Se metía gente a dedo», recuerda Jaime. Y afirma, con convicción: «fue de las mejores conquistas que alcanzamos». A partir de entonces se desarrollaron programas de formación de mandos medios, con jornadas de uno o dos días realizadas en distintos puntos del país, Raigón, Salto, Colonia, donde compañeros que habían sido promovidos a jefes recibían capacitación en gestión, un esquema que más adelante se replicó también para los cargos gerenciales.
Ya en los gobiernos más recientes, el sindicato impulsó una transformación estructural del salario. “La incorporación del Fondo de Participación al sueldo básico, decidida en una asamblea general realizada en el Atenas pese a la resistencia inicial de buena parte de los afiliados, que temían perder ese ingreso extra estacional”, explica Rodolfo, “no solamente no significó perder plata sino que nos permitió duplicar el salario de base y dejar de depender de la recaudación variable del fondo, además de desligar el ingreso de los trabajadores de la incertidumbre sobre si ese fondo continuaría existiendo en el futuro”. De esa negociación se derivó también a la actual «Prima por cumplimiento de metas», “que hoy representa el equivalente a cerca de dos sueldos adicionales por año”, una cifra que, según destaca Rodolfo, “resulta incluso superior en algunos casos a los medios aguinaldos que perciben los trabajadores bancarios”.
Y todo eso fue logrado con el esfuerzo de todas y todos los afiliados al sindicato, no fue ni un obsequio ni una dádiva.
A esas conquistas se sumó una escala salarial horizontal, ideada para evitar que un trabajador quedara estancado indefinidamente en su categoría de ingreso: dentro de cada cargo administrativo se incorporaron «escalones» que permitían, cada cierta cantidad de años, un ascenso automático similar a un régimen de antigüedad, hasta llegar al tope de la categoría. “Para dar el salto siguiente, de administrativo cuatro a administrativo tres, por ejemplo. el sindicato negoció que el mecanismo no fuera un simple concurso de oposición, sino un sistema de capacitación y calificación interna, en el que los propios trabajadores del BPS se formaban entre sí”. “Ese esquema”, señala Jaime, “permitió además que el sindicato lograra participación directa en los tribunales que evalúan la calificación de cada funcionario, germen de las actuales instancias bipartitas de seguimiento entre la organización y la administración”.
Otra herramienta central de ese período fue el Estatuto del Funcionario del BPS, elaborado durante años en negociaciones entre el sindicato y representantes del organismo. Rodolfo aporta un ejemplo concreto de su alcance: “cuando el gobierno intentó, por ley, reducir del cien al setenta y cinco por ciento el salario que cobran los trabajadores estatales durante una licencia médica, esa modificación no pudo aplicarse en el BPS precisamente porque el Estatuto del Funcionario, de rango bipartito y aprobado por el propio directorio, lo impide, resume Rodolfo, “sobre el valor, muchas veces invisible para las nuevas generaciones, de ese instrumento normativo.
EL ÁREA SOCIAL: EL HOGAR ESTUDIANTIL Y LA COLONIA DE GUAZUVIRÁ
El tercer eje de la historia que reconstruyen Jaime y Rodolfo tiene que ver con una convicción ideológica que ambos explicitan: que la lucha sindical no podía limitarse al salario, sino que debía extenderse a la construcción de condiciones de vida mejores para los trabajadores y sus familias.
El Hogar Estudiantil era un local inmenso que, al iniciar la actividad sindical propia, se encontraba en estado de abandono. Rodolfo recuerda con detalle la magnitud de la obra de recuperación: “pintura completa del edificio, refacción de azoteas y, sobre todo, la construcción de baños completamente nuevos con duchas, ya que la infraestructura sanitaria original. los baños individuales de la vieja casa. estaba completamente deteriorada, con cisternas rotas y revoques descascarados”. «A mí me perseguían porque yo era el hombre de los baños», bromea, recordando que supervisó la misma tarea después en la sede sindical y en la colonia de vacaciones.
La Colonia de Vacaciones de Guazuvirá tiene, en su relato, un origen casi fundacional. Invitado por Aníbal Blanco a recorrer terrenos candidatos, tras descartar una primera opción, más pequeña, que no lo convenció, descubrió el actual predio “en un estado completamente virgen, un bosque denso, con árboles caídos, sin visibilidad siquiera de la cañada que lo atraviesa”, pero con algo que “ningún otro terreno de colonia sindical uruguaya tenía: cercanía inmediata al mar. Yo siempre le daba importancia al hecho de estar a una cuadra del mar», subraya Rodolfo, quien considera esa proximidad como la característica distintiva del lugar hasta el día de hoy. El predio original, recuerda, era además mucho más extenso de lo que hoy ocupa la colonia propiamente dicha, y llegaba a comprender también la actual zona de canchas.
La construcción en el predio fue un proceso de años y de sucesivas directivas: jornadas de deforestación, “entre ellas las lideradas por Ulises de Ávila, compañero hoy fallecido, como buena parte de aquella primera generación de militantes, la instalación del salón comunal, las primeras cabañas rústicas” y una decisión que ambos destacan especialmente por su valor simbólico y práctico: cercar todo el predio con alambrado perimetral, priorizando la seguridad de los niños que asistían con sus familias. Mencionan también, con particular cariño, a una familia de Canelones, vinculada a un veterano trabajador y su esposa, de apellido Pimienta, que durante años armaban su propia carpa en el predio y consideraban la colonia su lugar paradisíaco de vacaciones.
Más adelante, “durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez, un convenio vinculado a las políticas de turismo social que impulsaba entonces el propio Estado permitió financiar, de forma gratuita, baños individuales para tres o cuatro cabañas que hasta entonces carecían de ellos; con el tiempo, la totalidad de las cabañas terminó incorporando baño propio”, apunta.
A ese patrimonio social se sumó, ya en años posteriores, la conquista del Jardín Maternal, que Jaime señala como «una gran conquista para las y los trabajadores con hijos pequeños”, pero que, lamenta “el sindicato no logró sostener frente a los recortes presupuestales gubernamentales”, pese a una movilización de defensa que, según su valoración, “fue incluso más intensa que la registrada años atrás ante una amenaza similar”. Para Jaime ese episodio ilustra con claridad la coherencia que debe atravesar a las sucesivas generaciones de dirigentes. “La misma lógica que llevó a construir la colonia en un terreno virgen”, sostiene, “es la que debería guiar hoy la defensa de conquistas más recientes como el jardín maternal”.
LOS DESAFÍOS POR DELANTE
Consultados sobre el futuro de las organizaciones sindicales y sociales, Jaime y Rodolfo coinciden en que el principal desafío no es solamente social o sindical, sino político: la defensa del propio concepto de seguridad social solidaria frente a reformas que, a su juicio, tienden a desmantelarla.
Rodolfo advierte sobre la transformación visible de los locales del organismo, que según su percepción se van vaciando progresivamente al ritmo de la digitalización de trámites, al punto de imaginar que en algún momento los dos grandes edificios que hoy ocupa el BPS puedan reducirse a uno solo. Aclara que su preocupación no pasa por resistirse a la modernización tecnológica en sí misma, la atención por pantallas, correo electrónico o gestión desde el celular, sino por sostener que, junto a esa modernización, siga existiendo «la parte humana» del servicio. «Yo lo miro con temor a que esto se destruya», advierte, vinculando esa amenaza directamente con el debilitamiento del propio sindicato: si el organismo pierde peso y estructura territorial, también lo pierde la organización que lo representa.
Para Jaime, el desafío central es fundamentalmente político: “sostener con claridad el rol del Estado frente a corrientes regionales que promueven su achicamiento y el avance de lo privado, y hacerlo en un contexto donde los trabajadores actuales, con salarios dignos y perspectivas de ascenso que sus antecesores no tuvieron, corren el riesgo de dar por sentadas conquistas que costaron cuatro décadas de lucha”. «El que ingresó hoy tenía una carrera que antes no teníamos», complementa Rodolfo sobre esa distancia generacional. «Muchos compañeros de la base, los que recién ingresan, no saben de toda esa historia.»
Frente a ese riesgo, ambos coinciden en que la tarea de la nueva generación de dirigentes y delegados pasa por reconstruir el vínculo cotidiano con los trabajadores de base, una tarea que, reconoce Jaime, “es fácil decirlo, pero difícil realmente hacerlo», fortalecer los lazos con otros sindicatos. porque, como resume, «el BPS tiene que ver con todos los trabajadores y con todos los sectores sociales» y sostener una mirada que no separe la lucha salarial de la defensa integral del sistema de seguridad social, entendido como garantía para «el que gana menos, el que está más desprotegido».
Rodolfo coincide en que ese es, precisamente, el rasgo que distingue a la seguridad social uruguaya de otros países, donde, “como en Estados Unidos”, ejemplifica, “ese tipo de cobertura resulta prohibitivamente cara o directamente inexistente para buena parte de la población”. En esa misma línea, ambos señalan como tarea pendiente la de seguir peleando por una jubilación mínima más decorosa para los sectores más postergados del sistema previsional.
EN EL ESTRIBO: EL PUENTE ENTRE ACTIVOS Y JUBILADOS
Hay un último capítulo, breve pero cargado de sentido, en el relato de ambos: el de la relación entre los trabajadores activos del BPS y quienes, como ellos, ya se han jubilado pero continúan vinculados a la organización.
Para ambos, ese vínculo no es un gesto simbólico sino una necesidad estratégica. «En esa mirada de futuro, que los trabajadores hoy van a ser jubilados, que el sindicato sea también la casa de los jubilados y los trabajadores», exhorta Rodolfo, subrayando que la organización debe pensarse como un espacio continuo, donde unos van pasando y otros van quedando, pero donde la historia colectiva se mantiene viva a través de ese relevo.
El esfuerzo que estamos haciendo para rescatar estas verdaderas “historias nuestras”, la propia entrevista que da origen a este reportaje es, en ese sentido, un ejercicio de esa integración: un intento explícito de trasladar a las nuevas generaciones de trabajadores activos la memoria de un proceso que empezó con volantes escondidos bajo la vigilancia de la dictadura y terminó construyendo, ladrillo a ladrillo, “y baño a baño”, bromea Rodolfo, una organización con patrimonio propio, escala salarial, Hogar Estudiantil, Colonia de Vacaciones frente al mar y un estatuto que, cuatro décadas después, sigue protegiendo derechos que muchos trabajadores actuales ni siquiera saben que están ahí.
«Esto que estamos haciendo con ustedes», cierra Rodolfo, «esta entrevista forma parte de la integración de los jubilados dentro del sindicato de activos».