Historias nuestras: Beatriz Amestoy

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«La herramienta sindical está por encima de cada uno de nosotros y la debemos cuidar»

Beatriz ingresó al Banco de Previsión Social el 15 de abril de 1991, con apenas 18 años, en un concurso que buscaba cubrir decenas de vacantes. Treinta y cinco años después, con toda una vida construida entre su trabajo en el BPS y los espacios colectivos de ATSS, repasa con nosotros sus comienzos, su afiliación casi inmediata al sindicato, las asambleas multitudinarias de los años 90, los desafíos de militar siendo mujer en un ambiente históricamente masculino, y dos conquistas que marcaron su historia sindical: el pasaje a la función pública en 1993 y la larga, todavía inconclusa, pelea contra las AFAP. Cierra el reportaje con un mensaje directo a quienes hoy dan sus primeros pasos: «la herramienta sindical está por encima de cada uno de nosotros, y la debemos cuidar».

 

Beatriz Amestoy tenía apenas 18 años cuando entró a trabajar al Banco de Previsión Social. Antes de eso, su único contacto con el mundo laboral había sido un verano, a los 15 años, en un supermercado. «Fue mi primera experiencia laboral», cuenta, y enseguida, con una sonrisa agrega: «ya vamos 35 años aquí «.

 

EL INGRESO A LA FUNCIÓN PÚBLICA

Su ingreso al organismo no fue casualidad ni un golpe de suerte aislado. Fue, sobre todo, una historia de continuidad familiar. «En ese momento había una cuestión familiar, mis padres trabajaban los dos acá en el BPS, entonces era un ámbito conocido», recuerda. Su madre trabajaba en ATYR y su padre en la oficina de Asignaciones Familiares, sobre 18 de Julio. Esa presencia cotidiana del organismo en su casa marcó su mirada desde niña: «toda la situación que yo vivía en casa de lo que era trabajar en el BPS era muy bueno y muy interesante. No era algo pesado, sino un lugar donde se trabajaba y era importante lo que se hacía».

 

Esa cercanía hizo que su ingreso al Estado se sintiera, en sus palabras, «muy natural». Y lo compara con otra experiencia, un año antes, cuando se había anotado para un concurso del Banco República: «de esos que nos anotamos 150 millones y entraban dos personas, y ahí era como más miedo». El BPS, en cambio, era terreno conocido: «acá ahora sentía que era un lugar conocido, porque por lo menos en casa el BPS era un lugar» con el que ya tenía vínculo antes de cruzar la puerta.

 

Sobre qué significaba, para una mujer de su generación, salir a buscar trabajo, Beatriz no construye un relato de grandes obstáculos personales, sino de un terreno ya trazado por la propia familia: fue la certeza de que ese «banco» era un buen lugar para trabajar la que la llevó, casi sin proponérselo, a presentarse al concurso de 1990.

 

El concurso en el que Beatriz ingresó se realizó a fines de 1990, en momentos en que el organismo necesitaba cubrir un número importante de vacantes en el CEPRODA, corazón informático del organismo. «Había un montón de vacantes», recuerda, producto de que «se había ido bastante gente». Los resultados llegaron recién en diciembre: «sé que diciembre fue cuando recursos humanos nos avisó que habíamos entrado». Pero el ingreso efectivo se demoró unos meses más: «entramos a trabajar el 15 de abril de 1991».

 

Fueron 40 personas las que ingresaron en ese primer llamado, aunque el mismo concurso siguió nutriendo de personal al organismo hasta 1993. Su primer destino fue en una dependencia de la calle Tacuarembó: «entramos en un lugar chiquito, éramos un montón de gente, pero era agradable». La jornada empezaba temprano: «entrábamos a las 6 de la mañana, hacíamos 7 horas, de 6 a la una, porque esa oficina tenía doble horario».

 

De esos primeros días guarda, sobre todo, el recuerdo de un ambiente cálido y joven, algo inusual para la época: «la media de edad en aquel momento en el funcionariado del BPS era gente grande», así que la llegada de un grupo numeroso de jóvenes cambió la dinámica de la oficina. «Fue un ambiente lindo. El recibimiento fue bueno, fuimos un montón que entrábamos, éramos todos muy jóvenes también, entonces eso también fue estimulante».

 

Ese primer año también le dejó una fotografía muy concreta de las condiciones laborales de la época: la enorme cantidad de compañeros y compañeras que sostenían dos empleos a la vez. «Lo que tengo bien presente era el tema de que la mayoría de la gente tenía dos trabajos. La mayoría tenían otro trabajo de tarde», explica, y agrega que el régimen de siete horas, y, unos años antes, el de seis horas, hacía posible esa doble labor para buena parte del funcionariado.

 

LA RELACIÓN CASI INMEDIATA CON ATSS

Su proximidad con el sindicato fue casi inmediata. «En nuestra oficina había un núcleo sindical muy fuerte y dos personas muy características de lo que era ATSS en esos tiempos: Jaime Moner y Rodolfo Reyno. Creo que a todos nos deben haber afiliado en los primeros meses, así, rápidamente. Nos ayudaron a entender qué es lo importante de formar parte, de estar afiliados al sindicato».

 

De aquellos primeros pasos sindicales, Beatriz conserva recuerdos muy vívidos. «Me acuerdo de reuniones al salir de la facultad, porque yo estudiaba en la facultad, venir para ATSS y estar hasta altas horas». Y recuerda especialmente el aporte de tiempo de sus compañeros, también: «era como una constante que la gente estaba muchas horas acá, y eso dejaba mucho esfuerzo, mucha vida aquí adentro».

 

Al poco tiempo asumió como delegada en ATSS. Fue, según calcula, alrededor de 1994 cuando se presentó por primera vez para esa responsabilidad, en lo que describe como «un momento muy interesante, de asambleas multitudinarias, en los edificios». Recuerda especialmente que en el ATYR «se hacían las asambleas y no daba el lugar, físicamente. Ahora está muy cambiado porque se sacaron las cajas y demás, pero me acuerdo que éramos mucha gente. Eso estaba bueno, era muy estimulante».

 

Sobre lo que implicaba asumir ese rol, Beatriz no lo describe como un simple cargo, sino como una responsabilidad concreta frente a otros: «el ser delegado era y es una responsabilidad, porque vos estás representando a un montón de gente y tenés que actuar con mucho cuidado y responsabilidad”.

 

Uno de los períodos que más marcó su memoria militante fueron las asambleas generales realizadas en distintos espacios icónicos de Montevideo, como el Platense Patín Club o el Club Sudamérica. Durante los años de movilización contra la Ley 16.713, la que creó las AFAP en Uruguay, «participaba mucha gente, realmente había mucha participación, y muy especialmente de compañeros del interior», recuerda. «Vos veías que los compañeros llegaban, no sé, de horas de viaje, se venían y se quedaban desde la terminal hasta venir acá, se quedaban en el sindicato y después se iban todos juntos para la asamblea».

 

El clima de esas asambleas, dice, combinaba una fuerte carga de compromiso con las tensiones propias de cualquier organización viva: «había mucho compromiso, había también internas sindicales, eso sí, lo hubo siempre. Pero estaba muy bueno porque vos veías que toda la gente estaba comprometida y tratando de dar algo mejor para que se lograran los reclamos que se estaban tratando en ese momento». Y agrega, con humor, un recuerdo de las votaciones eternas. “Había cosas que pasaron siempre, tantas veces esas asambleas se hacían eternas, largas, y ya todos queríamos votar y que se terminara, porque al otro día había que volver a las actividades».

 

Más allá de la anécdota, hay una idea que Beatriz repite como el núcleo de lo que más valora de aquella época: la centralidad de las bases. «Teníamos bien claro que el sindicato eran las bases. No eran los diecisiete que podían estar reunidos acá, o los que fueran, y votaran. El trabajo que había que hacer siempre era con las bases, y eso es lo que más recalco como positivo de aquella época». Y remata con una definición que atraviesa toda la entrevista: «si nosotros estábamos acá y no teníamos espalda atrás, o no estábamos haciendo algo por y para quienes estaban detrás nuestro, o al lado nuestro, pero que no estaban en ese momento acá, no tenía sentido».

 

Sobre las movilizaciones más recordadas, menciona sin dudar «varias subidas al 5º piso» y las asambleas donde, directamente, no hacía falta verificar el quórum: «no tenía sentido ver si había quorum, porque éramos un montón, ya está». También recuerda que en las asambleas de delegados, la cantidad de compañeros y compañeras que se postulaban siempre superaba los cargos disponibles: «la cantidad de delegados siempre era más de los que se podían elegir».

 

SER MUJER EN UN SINDICATO HISTÓRICAMENTE MASCULINO

Consultada sobre los desafíos de militar siendo mujer, Beatriz no elude la pregunta: «en lo personal no tuve ningún inconveniente, pero era un ambiente complicado. Era muy machista, muy machista». Y aclara que ese rasgo no era una particularidad del sindicato, sino un espejo de la sociedad de la época: «éramos un reflejo más de lo que era la sociedad también. No era nada extraño». Lo notaba, dice, en la composición de las direcciones: «lo veías nomás en la cantidad de directivos, había muy pocas mujeres, eran casi todos hombres «, y en la disponibilidad de tiempo militante: «normalmente las mujeres estaban en la casa con los hijos después del trabajo, y no venían tantas horas al sindicato. Era como normal que quedara en ese rol la mujer y no el hombre, era lo habitualmente consensuado socialmente».

 

Hubo, dice, muchas mujeres en el sindicato, pero no siempre con el mismo peso en la escucha: «en algunos momentos una sentía que la voz de una mujer que hablara no era tomada tan en cuenta como la de otros compañeros».

 

Cuando se le pregunta si esa realidad cambió con los años, marca una diferencia clara entre su etapa de participación más activa y el presente: «ahora, cuando volví y estuve hablando hace un par de años, siento que no tiene nada que ver. Por suerte, para bien». Hoy, cuenta, intenta sumarse a la Comisión de Género de ATSS, «hace ya un año y pico que estoy intentando ver si me sumo. No he podido aún, pero tengo interés en lograrlo, en sumarme”.

 

UNA CONQUISTA QUE MARCÓ A FUEGO: 1993

Al pedirle que elija una o dos conquistas logradas gracias a la acción sindical, Beatriz no duda: «la primera, la que más marcó, fue en el año 1993, cuando pasamos de contrato de obra a contrato de función pública. Ahí se duplicó nuestro salario». El recuerdo de esos meses de conflicto sigue intacto: «se bajaban las bases, se caían los sistemas, internamente se hizo mucho, y los paros también. Hubo un momento con mucho paro, activo, obviamente con descuento, pero quedándonos para explicarle a la gente».

 

Recuerda la magnitud del impacto concreto de esa medida sindical sobre el propio organismo: «en ATYR si no había un mínimo de cajeros que fueran a trabajar, ya se cerraban todas las cajas. Eso repercutía realmente en la recaudación, porque no se recaudaba». Y compara con el presente, donde la recaudación tiene canales alternativos: «ahora tenés un montón de agentes externos, el dinero entra igual. Antes no: para mí era mucho lo que se hacía desde el sindicato, de cada uno de los compañeros, para lograr lo que queríamos».

 

La segunda gran batalla que menciona todavía sigue abierta: la lucha contra las AFAP. «Hasta hoy, lamentablemente, hemos tenido que movilizarnos contra las AFAP. Es una lucha de mucho tiempo, con referéndums y plebiscitos y creo que se debe seguir insistiendo en esa dirección».

 

Destaca cómo el sindicato defendió y defiende, “a lo largo de los años, la autonomía del BPS frente a las sucesivas reformas y presiones desde el gobierno de turno, siempre hay cosas por hacer, siempre tenemos que seguir luchando porque la seguridad social sea cada día más justa, universal, que abarque a todos los ciudadanos”, sentencia.

 

LA MILITANCIA SINDICAL Y SOCIAL HOY

Sobre los cambios en las formas de militar, Beatriz reconoce que la pandemia y las nuevas tecnologías transformaron el vínculo entre compañeros, pero advierte sobre lo que no debería perderse: «las asambleas de base, las asambleas de núcleo, esas instancias de diálogo presenciales, con el compañero al lado, deben seguir existiendo». Valora las nuevas herramientas, porque «ayuda mucho poder tener, por ejemplo, herramientas informáticas que nos permiten estar con un compañero que esté en otro lugar del país al mismo momento, dialogando, compartiendo», pero insiste en que no deben reemplazar el contacto directo: «me parece importante que no perdamos el tener las instancias de diálogo, de intercambio, presencial».

 

Un ejemplo muy concreto que utiliza para graficar ese cambio es la cartelera gremial: «antes la cartelera gremial era un bastión importantísimo en cada edificio, estaba colocada siempre al lado del reloj, y uno siempre iba y leía lo que estaba ahí». Hoy, dice, ese ritual casi desapareció. No lo dice con nostalgia resignada, sino como una alerta: «me parece importante que no se pierda el contacto humano, así, el poder estar frente a otro, intercambiando, compartiendo, informando».

 

Cuando se le pide sintetizar el aprendizaje más valioso que le dejaron todos estos años de militancia, Beatriz responde sin vueltas: «tener bien claro que la herramienta sindical es lo más importante para cualquier trabajador, que siempre hay que defenderla, que la herramienta está más allá de las personas que puedan estar ocupando un determinado cargo, porque las personas vamos y venimos, pero la herramienta sindical, lo que nos permite garantizar derechos, pelear y demás, eso es lo que hay que valorar siempre y cuidar».

 

UN CIERRE MUY PERSONAL

Sobre el sentido más profundo de su propio trabajo en el BPS, comparte con sencillez sus 35 años de trayectoria: «no sé cuándo sucedió, no fue cuando empecé, obviamente fue muchos años después. Pero en algún momento me di cuenta de que tenía la camiseta puesta del banco. Y sí, me considero una servidora pública, y eso me encanta». Y agrega, con humildad, que todavía queda camino por recorrer en el conocimiento de su propia institución: «al día de hoy, con 35 años trabajando acá, todavía hay un montón de cosas que desconozco de todas las prestaciones que da el banco, y me encantaría tener pleno conocimiento de cada una».

 

En el final, Beatriz hace un aporte muy importante para quienes hoy se suman al BPS y a ATSS, que demuestra que la militancia colectiva combina alegría, responsabilidad y una ética del cuidado hacia quienes están del otro lado del mostrador: «que tengan presente que forman parte de un organismo de seguridad social sumamente importante, y que cada tarea, por más mínima o enorme que parezca, es fundamental para que todo el engranaje funcione correctamente». Pide compromiso concreto: «trabajar con mucha responsabilidad, capacitarse, exigir capacitación», pero sobre todo, insiste en un valor que atraviesa toda su reflexión: «trabajar con mucha empatía y humanidad. Creo que son dos cosas que nos hacen muy bien, y quizás nos estén haciendo falta como sociedad: ser más empáticos y más humanos en el trato. Saber que atrás de cada trámite, atrás de cada papel, hay un usuario, hay un contribuyente a quien nos debemos, y por quien debemos hacer la tarea de la mejor manera posible».

 

Cierra con una reflexión que resume, en una frase, el sentido último de su tarea diaria: «de mi trabajo puede depender que se dé o no una prestación. Tener bien presente eso, y trabajar con muchísima responsabilidad, con mucha humanidad y con muchísima empatía». Y una invitación final, dirigida especialmente a quienes recién llegan: «que se acerquen a los delegados de cada edificio, que se acerquen al sindicato, que la herramienta está por encima de cada uno de nosotros, y que la debemos cuidar. La militancia es todo».