Es viernes; y como dice el dicho el cuerpo (y el alma) lo sabe.
A pesar de ser el último día laboral de la semana, donde ya llegas con todo el peso del trabajo semanal acumulado, de los problemas, las preocupaciones, los pendientes y los atrasos, uno no deja de encarar esa jornada hasta con cierto entusiasmo y algarabía, esperanzados en el descanso, en las celebraciones que normalmente se dan entre el viernes a la noche y el domingo al mediodía o en cualquier otra actividad recreativa o de esparcimiento (llámesele joda, joda, joda).
El sentimiento del viernes es sin lugar a dudas la mayor expresión de alienación del trabajo, donde el trabajador que de lunes a viernes no tiene control sobre su labor (porque solo obedece ordenes de sus superiores inmediatos), que no tiene control sobre la dirección (hoy te dicen que hagas una cosa y mañana que hagas todo lo contrario), forma o contenido de su trabajo, siente que ese trabajo se convierte en una actividad sin sentido, viéndose forzado a realizarla solo por una cuestión de sobrevivencia (o lo haces o te sancionan, te suspenden y te quedas sin trabajo) y no como una expresión de libertad o creatividad, no como una actividad superadora, de desarrollo y perfeccionamiento de sí mismo, física, intelectual y espiritualmente hablando.
La propia naturaleza de los procesos de gestión y de producción, con la división del trabajo y la competencia, impiden la colaboración creativa entre compañeros, lo que aleja al individuo de la naturaleza social del trabajo, volviéndola una actividad externa a él, forzada, repetitiva y mecánica, reduciendo al trabajador a una condición similar a la animal, (o en tiempos tecnológicos) a una condición similar a una máquina, a un robot, en vez de elevar a ese trabajador donde la síntesis de su labor sea una expresión libre y consciente de su ser.
La jornada arranca bien temprano, a eso de las 4 y cuarto de la mañana. La rutina, una ducha, vestirse, agarrar la mochila, caminar a la terminal, subirse al transporte de las 5 menos cuarto que te llevará a Chamizo para luego hacer trasbordo 7 menos cuarto para Batlle y Ordoñez.
Son unos 255 km que se pueden reducir a 154 si se cuenta con vehículo propio, pero hoy no es ese día.
Uno aprovecha a dormir en el ómnibus, pero es viernes y se duerme sobresaltado. No sería la primera vez que el cansancio acumulado te imposibilite escuchar al guarda cuando avisa el destino y seguir de largo y terminar en San Ramon, Tala o Piriápolis. Cuando no en Valentines, Cerro Chato o Santa Clara. No, no sería la primera vez.
El coche llega 8 y media de la mañana y el tiempo comienza a acelerarse. La jornada transcurre como habitualmente es un viernes, la gente deja para ir a la oficina el lunes o el viernes. No sé si es que el fin de semana se ponen a pensar que van a hacer el lunes y justo se les ocurre ir al BPS ese día, o si de martes a jueves van elaborando la idea y van el viernes, pero es así.
Que vayan no es el mayor problema, el mayor problema es que se les ocurre ir 5 minutos antes del cierre de la atención al público. Hoy por suerte no fue ese día.
Son las 16 y 20 y hay que regresar, ya con otro ánimo, con la tranquilidad del deber cumplido, repasando la semana y los deberes o los pendientes para el lunes. El regreso es más complicado porque no hay trasbordo posible, pero es viernes, así que, que se vuelva el bicho que quiera.
El primer paso es viajar en ómnibus 5 km hasta el empalme de la ruta 14 y de ahí hacer dedo (carona le dicen los transportistas) hasta las casas.
En cuanto subo al ómnibus las respetuosas buenas tardes, principalmente al chofer y a la azafata y el aviso previo, me quedo en la rotonda de la 14. Ellos saben y preguntan, casi afirmando. ¿Es una linda tarde para hacer dedo? Por supuesto, les contesto.
En la rotonda la despedida obligada que incluye el deseo de que tengan un buen viaje y caminar unos 500 metros para esperar que surja algún viaje.
Pasan algunos vehículos, pero no te llevan, porque van completos o porque desconfían de la gente haciendo dedo.
Una camioneta se detiene; me le arrimo, y luego de los saludos correspondientes en el intercambio coloquial determinamos que había errado el camino. Le doy las indicaciones correspondientes, debe regresar a la rotonda y seguir por la ruta donde venia. Nos despedimos.
Casi en simultaneo, pero en sentido contrario otra camioneta se detiene preguntando por la ruta 41, otra ruta que conforman un triángulo con la ruta 7 y la 14 a 40 km de distancia por la ruta 7 y le consulto hacia donde se dirige.
Voy hacia el Carmen, me contesta. Pero esta ruta te lleva al Carmen, si me llevas te digo como llegar, le retruco.
Acomodamos los bolsos y agarramos viaje. El hombre, un peón de campo de Cerro Colorado Florida. Se había peleado con el patrón porque hacía 2 meses que lo tenia trabajando sin pagarle el sueldo. Era de Trinidad, departamento de Flores. El plan era viajar hasta el Carmen, localidad de Durazno, para dejar la camioneta a un compañero de trabajo que lo llevaría hasta Durazno y de ahí un ómnibus a Trinidad. Tenía que estar antes de 18 y 30 en la terminal de Durazno, pero en la calentura con el patrón, la impotencia de no haber cobrado la liquidación, se perdió en la ruta y agarró en sentido contrario a su destino.
La distancia y los tiempos no daban, pero el hombre quería llegar. Fue uno de esos momentos en que cualquier creyente se encomienda a un ser superior; pero como no soy creyente, solamente atiné a sujetar el cinturón de seguridad, a afirmarme en el asiento y a poner mis cinco sentidos al palo, a la misma velocidad que iba esa camioneta que recorrió 90 km en poquito más de media hora.
Hoy es de esos días en que todo se atraviesa, decía el peón. Y no se equivocaba, un convoy de camiones cargados con palos de la forestación, se interpusieron en nuestro camino. Otro de maquinaria agrícola y un par de obras en la ruta, pero el hombre no se amilanó. Estaba jugado a llegar o llegar.
En el Carmen cambiamos de vehículo y seguimos rumbo a la terminal de Durazno con su compañero de laburo. El peón no tenía certezas de disponer de efectivo en su tarjeta llegado a Durazno por lo que le pide 150 pesos prestados para el pasaje de Durazno a Trinidad, recibiendo una negativa como respuesta de su compañero.
Llegamos sobre la hora a la terminal de Durazno, lo ayudo a acarrear los bolsos a la terminal y viendo su preocupación le ofrezco pagarle el pasaje y si no llegamos al ómnibus llevarlo en vehículo propio hasta Trinidad.
En la terminal se atraviesa otro obstáculo, la agencia llena de gente; mientras el peón sacaba el pasaje, piqueteamos y retuvimos la salida del ómnibus casi 5 minutos que nos recriminaron no haber llegado en hora. ¡¿Qué sabían ellos?!
El hombre me agradeció mil veces.
No nos dijimos los nombres, otros caminos nos van a volver a encontrar para devolverte el favor, me dijo. Usted no me debe nada, le respondí.
Sin conocernos, de contextos y realidades laborales bien diferentes, yo en mi trabajo bien remunerado y estable, él sin haber cobrado su sueldo ni liquidación y perdiéndolo, nos reconocimos como laburantes, ambos con la misma necesidad de llegar a nuestro hogar, nos reconocimos como hermanos de clase, y como tales nos despedimos, en un abrazo fraterno, de hermanos; de un salto se subió al ómnibus y se fue.
Mientras lo despedía, el adiós con la mano en alto al ómnibus que lentamente abandonaba el andén, una emoción se instaló en la garganta; “Cosas que pasan” dijo Larralde y rumbeé pa las casas, repasando las estrofas de la canción.
Fedor Mateos
Trabajador de BPS interior, integrante de la Comisión de Seguridad Social de ATSS