REPASAR NUESTRA HISTORIA, PARA COMPRENDER LO QUE LOGRAMOS AL PRESENTE
En la memoria viva de la Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social (ATSS), el nombre de Adolfo Bertoni ocupa un lugar central. Fue uno de sus fundadores cuando aún estábamos en dictadura, su presidente durante períodos clave y un referente ineludible para entender la lucha por una seguridad social pública, solidaria y democrática en Uruguay. En una extensa entrevista, Bertoni repasa los casi cuarenta años de historia del sindicato, desde la audaz autolegalización en 1984 hasta las grandes batallas por los salarios y la participación de los trabajadores en la dirección del Banco de Previsión Social (BPS).

Su relato es más que una crónica: es una lección sobre lucha sindical, sobre la importancia de la unidad en la diversidad, y sobre ese “amor por la actividad sindical” que, según él, mueve a quienes se dedican a ella de forma desinteresada. Con la humildad de quien reconoce que “no tiene la mejor memoria” pero con la claridad de quien vivió cada episodio en primera línea, Bertoni dibuja el perfil de un sindicato que supo crecer desde un pequeño “conflicto del pancito” hasta lograr una transformación histórica en la gobernanza de la principal institución social del país.
El Equipo de Prensa y Propaganda de ATSS lo entrevistó y este es un resumen de sus palabras.
Equipo de Prensa y Propaganda de ATSS (EPyP): Adolfo, te proponemos sacar del baúl de los recuerdos y contarnos sobre los orígenes, sobre cómo fue que ATSS naciera en plena dictadura y cuando no había luces democráticas en el horizonte.
Adolfo Bertoni (AD): El sindicato se forma en 1984, fuimos el primer sindicato que eligió autolegalizarse”, fue un acto fundacional de rebeldía y autonomía. Corría mayo de 1984, el último año de la dictadura cívico-militar, y el ánimo estaba puesto en un solo objetivo. Como todo el mundo, estábamos enfrascados en que se fuera la dictadura y volviera la democracia. La asamblea constitutiva en la Acción Sindical Uruguaya (ASU) reunió a 500 trabajadores, una cifra que sorprendió incluso a los organizadores. “No teníamos la menor idea cuánto iban a ir, fueron 500”.
En ese momento, las reivindicaciones salariales o de condiciones de trabajo pasaban a un segundo plano. La conquista era la existencia misma del sindicato y su papel en la lucha contra el régimen. Un ejemplo temprano de su carácter lo dio incluso antes de la legalización. A la salida de la dictadura, siendo Gregorio Álvarez dictador, nuestros compañeros del sindicato denunciaron que cobraba una jubilación como patrón de pastoreo. Fue una decisión valiente, tomada en colectivo. Nos fuimos preguntando en ese tiempo, ¿qué hacemos?, ¿denunciamos esto? Y entonces dijimos: esta porquería a la población hay que decírsela, la gente se tiene que enterar de que este mafioso, además de dictador, está cobrando una jubilación de privilegio. Esa denuncia, que luego se materializaría en la anulación de ese beneficio, marcó un estilo, el de la transparencia y la confrontación con los abusos de poder, sin importar quién los ejerciera.
Con el triunfo de Julio María Sanguinetti en las elecciones de 1984 y su asunción en marzo del 85, llegaron los primeros dilemas de la transición. El nuevo presidente designó a su primo, Norberto Sanguinetti, al frente de la entonces Dirección General de la Seguridad Social. Los trabajadores tenían una reivindicación concreta, una partida interesante de dinero ideada por el recordado Zelmar Piazza. Al plantearla, recibieron la clásica respuesta dilatoria: “eso lo vemos cuando asumamos”. Pero tras la asunción, el nuevo gobierno nos empieza a echar para atrás.
Y aquí Bertoni revela una autocrítica que carga hasta hoy. “Se da una discusión dentro del movimiento sindical, sobre si era conveniente o no hacer un conflicto a un gobierno democrático recién asumido después de doce años de dictadura”. En ATSS primó “la postura de no tensar demasiado la cuerda. Bajamos el pie del acelerador, y creo que fue un error, si nosotros hubiéramos apretado el acelerador en ese momento, Norberto Sanguinetti nos hubiera dicho ‘si, muchachos, tomen’.” La partida se perdió”.
Este episodio inauguró, en su visión, “toda una etapa negativa: la partidización del sindicato. La unidad multiclasista y multipartidaria que había permitido fundarlo, en donde había compañeros de todos los partidos políticos, frenteamplistas, blancos, colorados, independientes, se resquebrajó al calor de las internas políticas de la democracia renaciente. En las primeras elecciones internas se presentaron cinco listas. Se dividió tanto la interna sindical que quienes habíamos estado al frente del sindicato perdemos la mayoría y la dirección”.
Bertoni, uno de los siete directivos fundadores, quedó fuera de la conducción. El período 1985-1989 fue, en su balance, de escasas conquistas y de un accionar sindical muy modesto.
EL RENACER: DEL “CONFLICTO DEL PANCITO” A LA GRAN REESTRUCTURA
El panorama cambió radicalmente en 1990. Bertoni fue electo presidente de ATSS. Coincidió con el cambio de gobierno y con el arribo de Rodolfo Saldain a la presidencia del BPS, “con quien tenía una relación personal cordial”, nos cuenta. “El primer año fue de relativa calma, pero hacia fines de ese año, con Saldain de licencia en La Paloma, estalló un conflicto que pasaría a la historia interna del sindicato por su simbolismo y efectividad”, conflicto que Adolfo recuerda vívidamente: “el conflicto del pancito”.
EPyP: Contanos cuál era el reclamo de ese conflicto.
AB: La reivindicación era una prima por presentismo. La táctica, ingeniosa y desafiante. Íbamos los compañeros de los distintos edificios al quinto piso del Edificio Sede y a alguna compañera o compañero se le ocurrió dejarles un pancito a los directores en la puerta de los escritorios, como diciendo ‘nosotros estamos reivindicando 100 y ustedes nos tiran con un pancito de 5”. La protesta, con golpes de manos y pancitos simbólicos depositados cada día, creció hasta que Saldain suspendió su licencia y volvió para negociar un acuerdo.
Ese conflicto que fue chico desde el punto de vista material tuvo un gran efecto, y nos demostró que a veces el punto, la acción más insignificante te puede estar dando una fortaleza mucho más importante que la que te da un gran tema. El sindicato a partir del conflicto del pancito pasó a ser otro. Éramos capaces de ganar. Habíamos recuperado la confianza y la iniciativa. Esa fortaleza fue el combustible para la mayor conquista material de aquellos años: la gran reestructura salarial de 1992.
Adolfo resalta muy especialmente que fue un logro colectivo, en donde compañeros de varios sectores del BPS elaboraron una nueva plataforma escalafonaria. El contexto era de profunda depreciación. “En la dictadura, todos los trabajadores y los jubilados perdimos más de un 70% del valor real de nuestros salarios y jubilaciones y, por supuesto, a los trabajadores del BPS también esa pérdida nos afectó gravemente”. Los sueldos, que antes del golpe eran razonables, al término del período dictatorial fueron rebajados brutalmente y estaban, junto a los de los compañeros de la Administración Central, muy por debajo de los de las empresas públicas.
“La reestructura de 1992 cambió esa realidad de raíz. Logramos una equiparación con las empresas públicas que nos ponen en el nivel salarial en el que más o menos estamos ahora. El impacto en la vida de los trabajadores fue explosivo”. Lo ejemplifica con cifras elocuentes: “Yo me acuerdo que pasé de ganar, por decir un número, 500 en diciembre de 1992 y en enero de 1993 cobré 1.500. Fue un cambio muy trascendente, que hasta hoy es fundamental para nuestros compañeros. No se trató solo de un nuevo escalafón, se creó un “Fondo de participación” que se pagaba cada cuatro meses en función de los resultados de la gestión del BPS, un mecanismo novedoso que vinculaba remuneración a desempeño institucional”.
Esta conquista, consolidada entre 1992 y 1993, tuvo un desarrollo posterior. Años más tarde, ese Fondo de Participación se “mensualizó”, incorporándose al salario base, lo que generó estabilidad. “Y luego logramos la Prima por Cumplimiento de Metas (PCM)”, rescata Adolfo. “Son 14 sueldos en total. Los 12 sueldos más los dos medios aguinaldos más la prima. Y muchas veces las primas superan al valor del salario”, añade.
Para el expresidente de ATSS, la enseñanza de este recorrido es categórica y sirve como mensaje a las nuevas generaciones. “¿Cuál es la enseñanza principal de todo esto?, se pregunta y nos pregunta. “Que si no existiera el sindicato, ninguna de estas cosas existirían”. Y extiende una invitación reflexiva: “Yo le pido a todos los compañeros y compañeras que evalúen estos 40 años de actividad de ATSS, que se imaginen por 30 segundos qué sería de la vida de los trabajadores y trabajadoras del Banco de Previsión Social si no existiera ATSS. Con sindicato, aún si funciona mal, se está mejor que sin sindicato”. Remató.
LA IMPRONTA SOCIAL: UN SINDICATO QUE SIEMPRE MIRABA MÁS ALLÁ DEL MOSTRADOR
EPyP: Bajo tu conducción y la de tantas y tantos compañeros, no fue ni es en la actualidad un sindicato corporativo que mira exclusivamente hacia adentro. ¿Cuáles temas relacionados con la sociedad estaban presentes en la agenda de trabajo de las conducciones del sindicato en esos años?
AB: Exactamente, ATSS ya en ese tiempo era un sindicato que se preocupaba por el funcionamiento del organismo. Nosotros salíamos a hablar a la prensa y hablábamos de los problemas de los funcionarios, pero hablábamos de los problemas de los jubilados, de los pensionistas, de los problemas de los niños. Siempre le dimos mucha importancia al papel social del BPS. Esta vocación se materializó en una de las luchas políticas e institucionales más importantes de los primeros años noventa: la batalla por la integración del directorio del BPS según mandaba la letra y el espíritu de la Constitución de 1967.
En sus respuestas, Adolfo dedica un capítulo especial a esto que llama una “gran conquista en términos político democráticos”.
EPYP: La Constitución aprobada en 1967 consagraba la participación de representantes sociales en el Directorio del BPS, pero hasta ese momento eso nunca se había concretado. ¿Qué papel jugó ATSS para lograrlo?
AB: Efectivamente, en la Constitución del año 1967 se había establecido que el BPS debía tener siete miembros: cuatro designados por el poder político, uno electo por los jubilados y pensionistas, uno electo por los trabajadores y uno electo por los empresarios contribuyentes. Sin embargo, desde su promulgación hasta el golpe de Estado de 1973, los gobiernos democráticos se lo pasaron por el moño. Era un reparto político clásico: “yo gano la elección, me quedo con el presidente, a vos te doy el vicepresidente y con las consiguientes tarjetas de pronto despacho. Durante la dictadura, ni hablar.
Al asumir su presidencia en ATSS en 1990, Bertoni y su equipo se propusieron como objetivo prioritario terminar con esta violación histórica. Narra que “nos pusimos en solitario a pelear públicamente para que se cumpliera la Constitución”. Se encontraron resistencias incluso en el seno del PIT-CNT, donde hubo algunos planteos que sostenían que “ese no era un tema prioritario”. Pero ATSS persistió.
Así, nos cuenta que la estrategia fue instalar el tema en la opinión pública. “Hicimos un acto en el Paraninfo de la Universidad, invitamos a varias personalidades, juristas, a Monseñor Partelli, en definitiva, un amplio espectro político, social, catedrático, religioso, para que aportaran su opinión”. La campaña tuvo éxito y se generó una presión que llevó al gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera a buscar, a través del entonces ministro de Trabajo y Seguridad Social, el Ing. Carlos Cat, una fórmula transitoria. Dado que no existía una organización unificada de jubilados, se acordó que estos se eligieran por voto, pero que el PIT-CNT y las Cámaras Empresariales presentaran ternas al gobierno para los otros dos cupos sociales”.
Sigue narrando Adolfo: “el PIT-CNT promovió una terna con tres nombres. En el caso nuestro fue Ernesto Murro, Jorge Bruni y Adolfo Bertoni”, recuerda. Así, después de 25 años de incumplimiento constitucional (1967-1992), el Directorio del BPS empezó a integrarse con representantes de los actores sociales directamente involucrados. “Ese hecho queda para la historia. Yo no sé cuánto más se hubiera demorado en cumplir la Constitución si no hubiéramos hecho eso. Ese punto está entre las grandes conquistas de ATSS sin duda”.
¿Cuál fue el impacto? Bertoni lo resume en pocas palabras: “empezar a terminar con el clientelismo. La presencia de los directores sociales empezó a terminar con el clientelismo en la dirección del BPS. Se termina con aquello de los prontos despachos”. Más allá de las evaluaciones que se puedan hacer sobre el desempeño posterior de esos representantes, el principio quedó establecido y Adolfo lo destaca especialmente. “Que esos sectores involucrados de pie a cabeza con el BPS y con la Seguridad Social tienen que estar en la dirección, es el principio de participación esencial de la OIT”.
EL PLEBISCITO DE 1989: UN ESPEJO PARA EL PRESENTE
Consultado sobre los antecedentes de reformas de la Seguridad Social vía plebiscito, Bertoni se remonta de inmediato al “emblemático” plebiscito de 1989, el de los jubilados. Con precisión, describe el origen: el primer gobierno de Sanguinetti ajustaba las pasividades “según su real saber y entender”, de forma discrecional. Esto impulsó a un grupo de jubilados, muchos de ellos colorados, a promover una reforma constitucional para atar los ajustes al Índice Medio de Salarios (IMS).
“Varios actores del sistema político se oponían a la iniciativa de los jubilados, diciendo que eso iba a generar un desastre económico o financiero para el país muchas de las cosas muy parecidas a lo que escuchamos en torno al plebiscito por el SI de las últimas elecciones”, señala, trazando un paralelismo evidente con los debates que aún están en la agenda pública.
Adolfo, en ese entonces un joven militante sindical y político, integrante del Partido Comunista del Uruguay, recuerda una reunión partidaria crucial. La postura oficial del Frente Amplio era contraria al plebiscito, proponiendo una fórmula alternativa (ajustar por IMS o inflación, el que fuera mayor). En la reunión, los militantes y dirigentes más veteranos desconfiaban. “Esto es una iniciativa que surge de un grupo colorado, son jubilados de derecha”, afirmaban reiteradamente. Cuando le preguntaron su opinión, Bertoni, “cohibido” ante figuras de trayectoria, dijo lo que veía en la calle: “Yo salgo a fumar y lo que les puedo decir es que los jubilados hacen cola para firmar, que gente que va en el ómnibus se baja en la parada para ir a firmar”.
Ese testimonio suyo de la realidad fue determinante. Enrique Rodríguez, histórico dirigente sindical y parlamentario del PCU concluyó, luego de escuchar a Adolfo: “si lo que dice este gurí es cierto, nosotros vamos a tener que apoyar el plebiscito y ensobrar la papeleta”. Y así fue. “Terminó todo el mundo ensobrando la papeleta de la reforma y se ganó con el 82% de apoyo. Incluso personas que apoyaban las listas de Jorge Batlle, que había sido frontalmente opositor, terminaron repartiendo su papeleta con la de los jubilados adentro”.
De esta experiencia, Bertoni extrae un principio democrático fundamental que aplica al presente. En una nota que publicó en el periódico *Claridad*, titulada “Cinco palabras para firmar”, en el tiempo del plebiscito de 2024 le respondió al actual presidente del PIT-CNT, Fernando Pereira, quien había manifestado dudas sobre la recolección de firmas para el plebiscito contra las AFAP. “La razón número uno para firmar”, escribe Bertoni, “es que son temas tan importantes, que lo que nosotros estamos haciendo, firmando, es determinando que el pueblo decida”.
“Hay mucha gente que me ha dicho: ‘Yo firmé, porque estoy a favor de que seamos los uruguayos los que decidamos’”, relata. Y apela a la biografía generacional compartida con Pereira: “Los que empezamos a militar a la salida de la dictadura… tenemos en nuestra cabeza que el lograr que fuera el pueblo quien decidiera era palabra santa. Entonces se pregunta Adolfo: ¿y por qué Fernando Pereira se olvidó de esas palabras santas?”. Su conclusión es un desafío ético: “cuesta mirar al espejo después de estar en contra de que el pueblo decida”.
EL LEGADO: “EXISTE EL AMOR POR LA ACTIVIDAD SINDICAL”
Al final del recorrido, Adolfo Bertoni reflexiona sobre el sentido profundo de décadas de militancia. “La actividad sindical es algo muy noble, sobre todo cuando uno se dedica a ella de forma desinteresada, cuando vos ponés el interés en el colectivo”. Reconoce con realismo que “la vida nos ha mostrado” casos de quienes usaron el sindicato para “obtener otros réditos personales”. Pero insiste en la regla de oro: “Lo importante es que el que está en la actividad sindical debe saber que está sin esperar nada a cambio del punto de vista personal. Ni siquiera prestigio”.
Para él, el verdadero premio es otro. “Mi premio es que los compañeros me quisieron. No hay otro premio que ese”. Y en esa frase late la esencia de su visión: el sindicalismo como construcción colectiva, tejida con vínculos de confianza y compromiso compartido.
“Todo eso hecho, y voy a utilizar una palabra que no debería pasar de moda, hecho con amor. Yo creo que existe el amor por la actividad sindical”, afirma, dando nombre a esa fuerza intangible que, según su testimonio, permitió a un grupo de trabajadores resistir a la dictadura, ganar “conflictos del pancito”, lograr reestructuras históricas y democratizar la conducción de un organismo clave para la vida de millones de uruguayos.
Esta parte de nuestra historia que relata Adolfo Bertoni es, en definitiva, la historia de ese amor colectivo transformado en acción persistente. Un recordatorio de que, como él mismo sintetiza, la posibilidad de juntarse, discutir y apoyarse entre compañeros que comparten “las mismas calenturas, las mismas alegrías” es, en sí misma, “una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida”. Y la prueba tangible de que, sin esa unión, sin ese sindicato, “ninguna de estas conquistas existirían”.